Urgente llamado de Greenpeace Colombia para proteger la biodiversidad


Colombia fue sede de la COP16, un espacio crucial para las negociaciones sobre biodiversidad a escala internacional. En ese escenario, el país asumió un rol visible y activo. Pero mientras los discursos resonaron en los salones de Cali y Roma, en los territorios persiste una distancia marcada entre los compromisos expresados y las políticas efectivamente aplicadas. Greenpeace Colombia aprovechó esta coyuntura para lanzar un mensaje rotundo: los ecosistemas no pueden seguir esperando. La urgencia está en traducir la megadiversidad en políticas públicas sólidas y acciones concretas, no en palabras de ocasión.
Contraste entre los compromisos internacionales y la realidad nacional
La más reciente Conferencia de las Partes sobre biodiversidad mostró con claridad las tensiones que existen entre el liderazgo simbólico y la capacidad real de gestión. Aunque Colombia participó activamente en los debates y promovió la idea de una transformación profunda en la relación entre humanos y naturaleza, aún falta una estructura funcional que traduzca esas intenciones en protección efectiva. Las políticas públicas siguen careciendo de articulación, financiamiento suficiente y ejecución territorial. La distancia entre el entusiasmo diplomático y la conservación concreta es hoy uno de los principales desafíos.

Inmensa biodiversidad bajo amenaza constante
El país conserva alrededor del 10 % de toda la biodiversidad del planeta. Según el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, ese número se refleja en más de 1.900 especies de aves, unas 3.600 mariposas y más de 31.000 variedades vegetales. Pero esa abundancia está en riesgo: en 2024, la deforestación creció un 35 % y más de la mitad del impacto se concentró en la región amazónica. Las zonas costeras y marinas también enfrentan presiones crecientes por parte de la expansión industrial y los modelos extractivos. La pérdida de hábitat, el aumento de la contaminación y la crisis climática se combinan en una fórmula destructiva que puede volverse irreversible.
No falta diagnóstico, sino voluntad de implementación
Los compromisos asumidos en las conferencias internacionales han sido claros. El país firmó el Marco Global de Biodiversidad de Kunming-Montreal en la COP15, y cuenta con un Plan Nacional de Biodiversidad (NBSAP) que traza el camino para cumplir esos acuerdos. Pero su puesta en marcha avanza lentamente. Greenpeace Colombia insiste en que las metas no alcanzan con estar escritas: necesitan presupuesto, seguimiento y un involucramiento genuino de las comunidades. El fortalecimiento de áreas protegidas debe ir más allá del papel, incorporando presencia estatal efectiva y participación activa de pueblos indígenas, campesinos y líderes locales.

Cinco prioridades que no admiten demora
La situación exige medidas específicas y medibles. Greenpeace Colombia señala al menos cinco líneas de acción urgentes: restaurar zonas críticas como la Amazonía, el Chocó y los ecosistemas altoandinos; proteger las áreas ya declaradas como reservas; implementar de forma real el plan nacional de biodiversidad; enfrentar frontalmente la deforestación, la contaminación y los efectos de la crisis climática; y detener proyectos industriales que amenazan los entornos marinos, costeros y forestales. Todas estas acciones deben integrar enfoques comunitarios, con criterios de justicia ecológica y mirada territorial. El cambio no será posible sin reorientar el modelo de desarrollo hacia uno verdaderamente sustentable.
Punto de quiebre necesario para cambiar el rumbo
En palabras de Laura Caicedo, quien coordina las campañas de Greenpeace en Colombia, el Día de la Tierra debería haber sido algo más que un evento simbólico. Según su perspectiva, proteger la biodiversidad no puede tratarse como una opción de agenda, sino como una necesidad que define el destino del país. Defender la vida —dice— no es un gesto idealista, sino una urgencia colectiva. Para Caicedo, celebrar la riqueza natural mientras se permite su destrucción representa una contradicción insostenible. El llamado es a establecer desde la política pública un compromiso firme y colectivo que garantice a las generaciones futuras un país viviente, biodiverso y con capacidad de resiliencia.
Colombia posee todas las condiciones para convertirse en un referente global en conservación ambiental. Lo que falta es asumir esa posibilidad con responsabilidad y coherencia. Las alertas están encendidas: los ecosistemas muestran signos de agotamiento, y los pueblos que dependen de ellos ya padecen las consecuencias. Las palabras han tenido su momento; ahora toca construir resultados tangibles. La conservación de la biodiversidad no puede seguir siendo una promesa de foros internacionales. Debe traducirse en acción sostenida, visión política y alianzas con las comunidades. La oportunidad está viva, pero no durará para siempre.
