La huella ambiental oculta del Black Friday


El Black Friday suele dejar tras de sí una ola de compras y una terrible huella ambiental. Lo que nació como una estrategia comercial estadounidense hoy se replica en todos los países del planeta. Pero detrás de esa euforia consumista existe un impacto ambiental profundo que no se refleja ni en las etiquetas de descuento ni en los carritos virtuales llenos.
Las organizaciones ambientales como Greenpeace Colombia coinciden en que el modelo de consumo rápido relacionado con esta fecha genera una urgencia por vender y comprar que acelera la fabricación de bienes, sobre todo electrónicos, lo que demanda una mayor cantidad de materias primas, energía y procesos industriales altamente contaminantes. Todo esto ocurre en un periodo tan corto que las industrias duplican su ritmo habitual.
A medida que las ventas crecen, también lo hace la exigencia sobre el transporte, el packaging y la infraestructura logística. Ese despliegue global de camiones, aviones y centros de distribución aumenta considerablemente las emisiones y genera cantidades de residuos que los sistemas de reciclaje no pueden absorber. El resultado es un pico anual de contaminación que se repite e incrementa con cada edición del Black Friday.
La huella ambiental de emisiones del Black Friday
La contaminación climática del Black Friday tiene que ver, sobre todo, con el transporte. La publicación científica Transport & Environment estima que (solo en Europa) los camiones que movilizan paquetes durante este evento generan más de 1,2 millones de toneladas de dióxido de carbono. ¡Ese número equivale a las emisiones anuales de una ciudad pequeña, liberadas en apenas unos días!
El crecimiento acelerado del comercio electrónico impulsa aún más esta tendencia. En 2024, las ventas online crecieron un 14,6% en los Estados Unidos. Si se tiene en cuenta que cada compra implica embalaje adicional, más traslados y, en muchos casos, devoluciones que duplican el recorrido original, queda claro que la huella logística es enorme.

Las devoluciones son un punto aparte. La plataforma CleanHub reporta que después del Black Friday pueden aumentar hasta un 143%, multiplicando rutas de transporte, uso de materiales y emisiones. Y lo que es peor: muchas marcas optan por descartar los productos devueltos porque procesarlos cuesta más que reemplazarlos. Esto hace que la mercancía prácticamente nueva se convierta en desechos de forma inmediata, alimentando una cadena de desperdicio que no hace más que empeorar la crisis climática.
Residuos electrónicos y fast fashion
Los residuos electrónicos se han convertido en uno de los componentes más peligrosos del Black Friday. Hivenet advierte que las ofertas en los dispositivos tecnológicos fomentan compras impulsivas que terminan desechándose al poco tiempo. El problema es que el e-waste contiene metales pesados y sustancias tóxicas que contaminan aguas y suelos cuando no se gestionan adecuadamente, algo que ocurre en la mayoría de los casos.
La moda rápida representa una problemática similar. Miles de prendas se compran por impulso, se usan poco y se desechan rápido. Si se tiene en cuenta que la producción textil ya es responsable de alrededor del 10% de las emisiones globales y consume enormes cantidades de agua dulce, el Black Friday no hace más que acelerar ese ciclo.
Lo más grave es que los sistemas de gestión de residuos no pueden seguir el ritmo del mercado. La infraestructura de reciclaje, especialmente en países de ingresos medios y bajos, apenas puede procesar una fracción de lo que se desecha. Esto genera vertederos saturados, informalidad en la recuperación de materiales y fugas de contaminantes hacia ríos, mares y suelos, un impacto que se intensifica con cada temporada de descuentos.
Plástico por todos lados

El Black Friday mueve productos, pero sobre todo mueve plástico. Paquetes de un solo uso, envoltorios, polietileno para envíos, rellenos y protectores terminan en hogares de todo el mundo en volúmenes enormes. ¡Esta fecha genera más basura plástica que cualquier otro evento comercial del año!
En Colombia, donde el consumo anual de plástico por persona alcanza los 24 kilos. Apenas un 9% de ese total se recicla. Es decir que, casi todo lo que se compra y se envía, se transforma en basura a muy corto plazo. Y aunque la industria insiste en decir que la solución es el reciclaje, las tasas a nivel mundial no crecen, y solo un 10% del plástico que se utiliza es realmente recuperado.
