Chile protege sus semillas en la Bóveda del Fin del Mundo


Suena a ciencia ficción, pero en un archipiélago de Noruega, existe una bóveda subterránea que resguarda miles de semillas capaces de salvaguardar la seguridad alimentaria de todo el planeta. Se trata del Banco Mundial de Semillas de Svalbard, conocido también como la Bóveda del Fin del Mundo.
En marzo de 2025, este frío lugar volvió a ser noticia por una nueva entrega internacional de semillas que incluyó representantes de Brasil, Georgia, Malasia, Malawi y Chile. Aunque en esta ocasión, Chile no participó con semillas, sino que contribuyó a reforzar el compromiso asumido en 2008, cuando se creó la bóveda.
Queda claro que esta clase de iniciativas son el resultado de la crisis climática que atraviesa el mundo. A esto se suman problemáticas como la degradación de ecosistemas, los conflictos bélicos, la pérdida de biodiversidad y los desastres naturales. Por estos motivos, proteger las semillas es una forma de asegurar la continuidad de los cultivos y preservar las bases de la alimentación humana en caso de que ocurra alguna catástrofe.
El rol del INIA para la preservación de semillas en Chile
El Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) de Chile es una institución nacional cuyo trabajo ha sido fundamental para que el país sea parte de las redes globales de resguardo de semillas. Pero además de contribuir a la bóveda internacional, existen más de 33 mil recursos genéticos conservados en bancos locales.
Por otro lado, hay más de 5 mil microorganismos con potencial agrícola. Esto es una muestra de lo preparado que se encuentra el sistema nacional de conservación genética en la protección de la soberanía alimentaria del país. Sin embargo, al participar del sistema internacional de respaldo encabezado por Noruega y Crop Trust, Chile está contribuyendo al esfuerzo colectivo de todos los países para garantizar que las futuras generaciones también tengan acceso a estos alimentos.
¿Qué es la Bóveda del Fin del Mundo y por qué se creó?

La Bóveda del Fin del Mundo fue inaugurada hace casi dos décadas por el gobierno de Noruega como parte del sistema internacional para la conservación de la diversidad fitogenética, liderado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Su objetivo es tener duplicados de semillas de bancos de germoplasma de todo el planeta para que, en caso de que cada país lo requiera (ya sea por conflictos armados, desastres naturales, etc.) puedan acceder a ellos y recuperar sus cultivos más importantes.
En la actualidad, esta bóveda alberga ¡más de un millón de muestras de semillas! Entre ellas, se encuentran especies domesticadas y silvestres, fundamentales para la seguridad alimentaria mundial. Y si bien el nombre con el que se conoce a este lugar pueda dar una idea de apocalipsis global, está pensado principalmente como un seguro para cualquier problema local que puedan padecer sus contribuyentes.
De hecho, las colecciones almacenadas solo están disponibles para las instituciones que las depositaron, bajo acuerdos internacionales que aseguran el respeto a la soberanía genética de cada país. Y su ubicación, a medio camino entre el Polo Norte y Noruega, asegura una temperatura constante de -18 grados centígrados, ideal para conservar estas semillas durante décadas, incluso si se cortara la electricidad.
La importancia que le da Chile a la conservación genética
Chile no solo forma parte de las 86 naciones que han enviado material genético al Banco de Svalbard. Desde su fundación en 1964, el INIA ha trabajado en la recolección, conservación e investigación de especies con potencial alimentario, incluyendo flora nativa, cultivos tradicionales y microorganismos.
Gracias a este esfuerzo de años, su Red de Bancos de Germoplasma cuenta con miles de variedades que constituyen la base de la agricultura del país. Además, su colección microbiana contiene biofertilizantes y agentes de control biológico esenciales para una producción más sostenible y resiliente.

Mediante tecnologías avanzadas como la criopreservación en nitrógeno líquido a -196 grados centígrados, se pueden conservar especies clonales y recalcitrantes, que no podrían sobrevivir bajo otros métodos más tradicionales. Por este motivo, el trabajo científico y la infraestructura de conservación deberían ser vistos como inversiones a futuro y no como simples gastos.
Si se tiene en cuenta el contexto que atraviesa el planeta en la actualidad (tanto a nivel económico, político y ecológico) es lógico que organizaciones ambientalistas como Greenpeace Chile destaquen la labor de los científicos del INIA y continúen instando a sus líderes a continuar con esta importantísima labor.
