Una dieta saludable y cuidadosa con el medioambiente para nuestras mascotas


En muchísimos hogares, la figura del perro o del gato dejó de ser simplemente la de un animal de compañía. Hoy, para muchas personas, son miembros plenos de la familia. Y no se trata solo de una impresión anecdótica: un relevamiento de la consultora internacional GFK reveló que más de la mitad de la población mundial convive con al menos una mascota.
En Argentina, el panorama es todavía más marcado. Según datos de la misma consultora, cerca del 80 por ciento de las personas tiene un animal de compañía. Esto convierte al país en el que más mascotas hay por habitante. Los perros lideran el ranking con un 66 por ciento de preferencia, seguidos por los gatos con un 32 por ciento. También hay quienes eligen peces, pájaros o incluso otras especies menos comunes. Muchos hogares conviven con más de un tipo de animal, lo cual habla de una relación cada vez más estrecha con el mundo animal doméstico.
Un negocio con enormes márgenes y perjudicial para el medioambiente
El mercado de productos para mascotas, y en especial el de alimentos, representa una fuente de ingresos muy rentable para los grandes grupos empresariales de la industria agroalimentaria. A diferencia de lo que ocurre con los productos destinados al consumo humano, los estándares exigidos para los alimentos de animales son mucho más laxos. Esa diferencia repercute en los costos: las materias primas resultan considerablemente más baratas. Esto permite márgenes de ganancia amplios para las empresas que dominan el sector.
La red de distribución es amplia. No se limita a tiendas especializadas. Supermercados, almacenes, grandes cadenas de distribución y hasta las veterinarias participan en la venta. Estas últimas, además, suelen cumplir el rol de prescriptoras: son lugares donde no solo se consigue el alimento, sino que se recomienda cuál comprar.
Comer no es lo mismo que nutrirse
La forma en que comen perros y gatos no es igual. Mientras que los felinos mantienen su instinto de cazadores solitarios y comen en pequeñas porciones varias veces al día, los perros se adaptan mejor a una rutina de una o dos comidas diarias. Aunque también prefieren la carne, toleran con mayor facilidad alimentos de otra naturaleza. Técnicamente, los perros son carnívoros facultativos, mientras que los gatos necesitan proteína animal de manera estricta.
Tal cual han señalado organizaciones ambientalistas como Greenpeace Argentina, la cantidad de comida que consumen las mascotas a nivel global no es un asunto menor. Un estudio realizado en Estados Unidos en 2017 mostró que la población conjunta de perros y gatos (que supera los 163 millones) llega a consumir alrededor del 20 por ciento de las calorías que necesita la población humana del país. Y más del 33 por ciento de esas calorías provienen de productos cárnicos. Esto los convierte en responsables de aproximadamente una cuarta parte del impacto ambiental vinculado con la cría de animales para consumo.
Ese impacto tiene muchas formas: uso intensivo de tierras, consumo de agua, gasto de combustibles fósiles y aplicación de fertilizantes y pesticidas. Se estima que el alimento cárnico que comen perros y gatos en EE. UU. libera hasta 64 millones de toneladas de dióxido de carbono. Esa cifra equivale a las emisiones anuales de 13,6 millones de automóviles. A eso hay que sumar los residuos: generan casi un 30 por ciento del total de excremento que producen los humanos, y buena parte termina en basureros, embolsado en plásticos, sin ningún tipo de tratamiento.

Lo que parece carne rara vez lo es
Una mirada más detallada a las etiquetas de los alimentos balanceados revela datos que pocos conocen. Aunque se comercialicen como productos ricos en carne, lo cierto es que la proporción de componentes de origen animal varía entre apenas un 4 por ciento y un 15 por ciento, dependiendo del producto. Y cuanto más barato es el alimento, menor es ese porcentaje.
En los paquetes de croquetas no hay cortes de carne tradicionales, como bifes o pechugas. Lo que se usa son restos: vísceras, huesos, cartílagos, y hasta partes como picos o pezuñas. Todo eso se combina con harinas y cereales que aportan almidón, necesarios para la textura del alimento. Para que el sabor resulte atractivo para los animales, se agregan grasas, sal, azúcar y aromatizantes.
Durante los últimos años, hubo episodios que generaron preocupación. Una serie de denuncias contra distintas marcas se centró en casos de intoxicaciones que terminaron con la muerte de mascotas. El responsable era un aditivo llamado melamina, que se mezclaba con el gluten de trigo para simular un contenido más alto de proteínas. Sin llegar a estos extremos, se mantiene una crítica sostenida a la baja proporción de proteína animal, el exceso de carbohidratos y el uso de aditivos potencialmente perjudiciales.
La relación entre la dieta industrial y ciertas enfermedades empieza a ser objeto de estudio. Algunas investigaciones sugieren vínculos entre los alimentos ultraprocesados y la aparición de trastornos como la obesidad, alteraciones metabólicas y problemas crónicos.
Repensar qué y cómo alimentamos a las mascotas
Frente a esta situación, la reflexión parece inevitable. ¿Qué calidad de alimento estamos ofreciendo a nuestras mascotas? ¿Vale la pena el costo ecológico si la nutrición que brindamos ni siquiera es la mejor posible? La evidencia científica sobre el tema todavía es escasa, y el vacío deja muchas preguntas abiertas.
Para explorar algunas respuestas, el medio Carbono News entrevistó a la veterinaria Magalí Morgui, especialista en nutrición y comportamiento animal. Morgui advirtió que cada vez ve más casos de intolerancias alimentarias y afecciones en la piel entre perros que consumen productos ultraprocesados. En el caso de los gatos, son comunes los problemas urinarios y los desbalances hormonales.
También señaló que, aunque las marcas suelen ser internacionales, en Argentina se fabrican versiones adaptadas a la economía local. Eso implica materias primas de menor calidad y composiciones muy diferentes a las originales. Según ella, esto genera una contradicción: se paga por una etiqueta reconocida, pero no se obtiene un alimento que cumpla con los estándares que promete.
Frente a ese escenario, Morgui decidió estudiar nutrición animal y empezar a elaborar dietas personalizadas para sus pacientes. Comenzó a trabajar con alimentación casera cocida, semielaborada e incluso con modelos BARF, que utilizan alimentos crudos. En su experiencia, estos cambios tienen efectos positivos, tanto en la prevención de enfermedades como en la mejora general de la calidad de vida de los animales.
Explicó que alimentar no es lo mismo que nutrir. Alimentar simplemente calma el hambre. Nutrir implica cuidar, prevenir y hasta revertir ciertas enfermedades a partir de la calidad del alimento. Las opciones son múltiples, y siempre se pueden adaptar al presupuesto, al tiempo y a la voluntad de quien convive con el animal.

El marketing verde también quiere su porción
Con consumidores más atentos y un mercado en expansión, comenzaron a aparecer alternativas que buscan presentarse como más respetuosas con el entorno. Hay alimentos con base vegetal, productos etiquetados como orgánicos, e incluso alimentos elaborados a partir de proteínas de insectos.
La experta fue clara respecto a este punto: las dietas veganas para mascotas le resultan preocupantes. Considera que someter a un animal carnívoro, sea estricto o facultativo, a un régimen sin productos de origen animal es una forma de maltrato. Señaló que muchos tutores proyectan sus propias elecciones alimenticias sobre sus mascotas, pero que eso desconoce las necesidades reales de cada especie.
La mejor estrategia, según ella, es trabajar junto con profesionales para adaptar la dieta de cada animal. Preparar en casa recetas equilibradas, usando ingredientes cotidianos, puede ser más económico, generar menos residuos y, sobre todo, ofrecer una nutrición más ajustada a las necesidades biológicas del animal.
