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El glaciar Perito Moreno comienza a retroceder tras décadas de estabilidad

El glaciar Perito Moreno, uno de los paisajes más icónicos de la Patagonia argentina, empezó a mostrar un comportamiento distinto al que lo caracterizó durante décadas. Ese manto inmenso de hielo blanco y azul, de 260 kilómetros cuadrados y paredes que rondan los 60 metros de altura, siempre fue visto como una excepción dentro de los Campos de Hielo Patagónicos del Sur. Mientras la mayoría de los glaciares retrocedían sin pausa, este se mantenía estable. Hoy, sin embargo, la evidencia muestra otra realidad: en apenas cuatro años, retrocedió unos 800 metros en el Canal de los Témpanos y varios cientos más en el Brazo Rico. El hallazgo de científicos argentinos y alemanes revela que el gigante entró en un proceso acelerado de pérdida, con implicancias profundas para el ecosistema, el turismo y la vida misma.

El retroceso rompe con la estabilidad que distinguía al glaciar

Durante gran parte del último siglo, el Perito Moreno fue considerado un símbolo de equilibrio, casi inmune a la tendencia global de derretimiento de glaciares. Esa percepción empezó a cambiar en 2019, cuando las mediciones mostraron un retroceso pronunciado en su frente. Investigadores como Pedro Skvarca y Lucas Ruiz, referentes de la glaciología argentina, junto a colegas de Alemania, confirmaron que el glaciar atraviesa el mayor retroceso registrado en cien años. Los resultados, publicados en la revista Communications Earth & Environment, advierten que en algunos sectores la pérdida de hielo alcanza niveles nunca vistos. Skvarca calculó que, en siete años, la reducción total equivale a 1,92 kilómetros cuadrados, lo mismo que 320 canchas de fútbol. La magnitud de ese cambio resulta visible incluso para quienes lo visitan esporádicamente, acostumbrados a creer que era un coloso inmóvil.

El adelgazamiento del frente se acelera por el aumento de temperaturas

Las mediciones recientes muestran un adelgazamiento mucho más veloz que en el pasado. Entre 2000 y 2019, el frente del glaciar perdía en promedio 0,34 metros de altura por año; desde 2019 hasta 2024, la pérdida anual llegó a 5,5 metros, con sectores que superaron los 6,5. En los dos últimos veranos se registraron picos de hasta 8 metros al año, el doble de la media de este período. Este proceso está directamente relacionado con el aumento sostenido de las temperaturas en la región. En tres décadas, la media del verano se incrementó en 1,2 °C, con un récord histórico de 11,2 °C en la temporada 2023-2024. Los últimos cinco veranos incluyeron tres de los más cálidos de los últimos treinta años, un fenómeno que aceleró el derretimiento y dejó al glaciar más expuesto a la presión de las aguas profundas y cálidas del lago.

El retroceso responde a procesos físicos que debilitan al hielo

El fenómeno no se explica solo por el calor ambiental. Los especialistas detallan que, a medida que el glaciar se adelgaza, pierde el anclaje que lo mantenía fijo en el valle. Esa falta de sujeción reduce las tensiones que estabilizaban el frente y facilita que bloques de hielo floten y se desprendan con mayor frecuencia. El contacto creciente con aguas más profundas aumenta el derretimiento subacuático, mientras que la disminución de presión lateral y basal acelera el deslizamiento del glaciar hacia adelante. Además, un menor aporte de masa desde la zona de acumulación limita la capacidad de regeneración, provocando un balance neto cada vez más negativo. La combinación de todos estos factores convierte al retroceso en un proceso complejo y difícil de revertir.

Los modelos proyectan etapas que podrían marcar el futuro del glaciar

Los investigadores elaboraron modelos conceptuales para anticipar cómo podría evolucionar la situación. En una primera etapa, la más evidente hoy, el retroceso se acelera por la pérdida del anclaje y el consecuente aumento de flotación y desprendimientos, sobre todo en el Canal de los Témpanos. La segunda fase contemplaría una estabilización transitoria, si el glaciar alcanza una zona más angosta y con hielo más espeso —unos 700 metros— donde una constricción natural podría ofrecer un nuevo punto de fijación. Esa condición reduciría el contacto con el agua y moderaría el derretimiento. No obstante, se trataría de una pausa temporal que dependería del balance de masa. En una tercera etapa, el retroceso podría continuar más allá de esa constricción, aunque la pendiente ascendente del lecho tendería a disminuir la flotabilidad y, en consecuencia, las tasas de derretimiento bajo el agua.

El glaciar refleja una crisis que trasciende lo local

El caso del Perito Moreno no es aislado: otros glaciares patagónicos como Upsala y O’Higgins también experimentaron retrocesos acelerados tras perder sus puntos de anclaje. La diferencia es que el Perito Moreno, por su valor turístico y simbólico, exhibe con mayor crudeza la vulnerabilidad de estos gigantes de hielo. Para organizaciones ambientales, su pérdida no es solo un problema ecológico, sino una amenaza directa a la seguridad hídrica y climática. Agostina Rossi Serra, especialista en biodiversidad de Greenpeace Argentina, sostiene que defender los glaciares equivale a defender derechos humanos y justicia social, ya que garantizan agua y estabilidad ambiental. Según ella, se necesitan gobiernos con decisión política y sociedades involucradas para protegerlos. El retroceso del Perito Moreno se convierte así en un espejo incómodo: nos recuerda que la crisis climática avanza a una velocidad que no admite demoras y que lo que está en juego no es solo un paisaje, sino la propia continuidad de la vida en condiciones habitables.

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