¿Cómo podemos gestionar el acceso a los fertilizantes en todo el mundo para evitar una crisis alimentaria prolongada?

Ensombrecidos por la crisis alimentaria mundial más grave de la última década, los precios de los fertilizantes, al alza y persistentemente volátiles, suponen una seria amenaza para la seguridad alimentaria a medida que se acerca el inicio de la temporada de siembra
La crisis alimentaria es ineludible y para colmo, se da en medio de algunos fenómenos que lo agravan todo: la guerra de Ucrania ha afectado sobre todo a los países importadores de trigo y maíz, por ejemplo y en el medio, el marco es siempre la crisis climática.
¿Por dónde comenzamos a desmadejar esta problemática?

La crisis alimentaria y un contexto difícil
Pero muchos países, incluidos algunos de los principales exportadores de alimentos, son importadores netos de fertilizantes.
La persistencia de los elevados precios de los fertilizantes podría extenderse a otros cultivos, entre ellos el arroz, un alimento básico que todavía no ha experimentado ninguna subida de precios relacionada con la guerra.
Si queremos evitar la prolongación de la crisis alimentaria, debemos actuar ahora para mejorar el acceso a los fertilizantes, a un coste menor.
El índice de precios de los fertilizantes del Banco Mundial ha subido casi un 15% desde principios de año, mientras que los precios se han más que triplicado en comparación con hace dos años.
Los elevados costes de los insumos, las interrupciones del suministro y las restricciones comerciales están detrás de esta reciente subida.
Los precios del gas natural empezaron a subir el pasado otoño como consecuencia de la escalada de tensiones entre Rusia y Ucrania, que provocó una reducción generalizada de la producción de amoníaco, importante componente de los fertilizantes nitrogenados.
Del mismo modo, la subida de los precios del carbón en China, principal materia prima para la producción de amoníaco en ese país, ha obligado a las fábricas de fertilizantes a reducir su producción.
Si queremos paliar la actual crisis alimentaria, tenemos que actuar ya para salvaguardar la producción agrícola haciendo que los fertilizantes sean más accesibles y asequibles. Hay varias formas de hacerlo.
En primer lugar, los países deben levantar las restricciones comerciales o las prohibiciones a la exportación de fertilizantes.
Las restricciones a la exportación no hacen sino empeorar la situación, al dificultar aún más el acceso a los fertilizantes a los países en desarrollo más pobres, que son los que más sufren la inseguridad alimentaria y el hambre.
A principios de junio, existían 310 medidas comerciales relativas a alimentos y fertilizantes en 86 países, y casi el 40% de ellas eran de carácter restrictivo.
Esta cifra se acerca ahora a niveles no vistos desde la crisis mundial de los precios de los alimentos de 2008-2012. Para facilitar el comercio, los países pueden reducir los plazos y costes de cumplimiento eliminando trámites burocráticos innecesarios para la importación de mercancías.
El comercio mundial de fertilizantes también se ve obstaculizado a nivel local por las necesidades de financiación de productores, comerciantes e importadores.
En algunos casos, las necesidades de liquidez de los compradores de fertilizantes se han triplicado, lo que se suma al déficit general de financiación de los bancos comerciales locales en muchos de estos mercados.
A veces será necesario proporcionar facilidades de crédito a corto plazo y garantías, lo que se verá facilitado por el apoyo de los agentes internacionales del desarrollo.
En segundo lugar, los fertilizantes deben utilizarse de forma más eficiente. Para lograrlo, hay que establecer incentivos que no animen a los agricultores a abusar de los fertilizantes. La eficiencia en el uso del nitrógeno, por ejemplo, suele oscilar entre el 30% y el 50%.
El grupo de expertos en nitrógeno de la Unión Europea recomienda una eficiencia en el uso del nitrógeno de alrededor del 90%.
Las subvenciones que fomentan el uso excesivo de fertilizantes también fomentan el despilfarro. Peor aún, esto tiene consecuencias devastadoras para el medio ambiente y el cambio climático.
Un uso más eficiente de los fertilizantes puede ayudar a aprovechar mejor las reservas disponibles, sobre todo para los países que más las necesitan. Los países ricos consumen 100 kilos de abono por hectárea, casi el doble que los países en desarrollo.
El África subsahariana es la que menos consume, con unos 15 kilogramos por hectárea.
Es posible remodelar las políticas públicas y orientar mejor el limitado gasto público para crear los incentivos necesarios para un uso más productivo y sostenible de los fertilizantes. Las reformas aplicadas en 1992 en el marco de la Política Agrícola Común de la Unión Europea (UE) ilustran cómo puede lograrse tal transformación.
Antes de estas reformas, el tipo de apoyo prestado al sector agrícola de la UE -precios mínimos, derechos de importación, compras públicas, etc.- mantenía los precios agrícolas europeos por encima de los precios mundiales, lo que fomentaba el uso excesivo de fertilizantes.
Con las reformas, las ayudas de la PAC adoptaron la forma de pagos directos y los precios agrarios se ajustaron más a los precios mundiales. Estos cambios han fomentado un uso más eficiente de los fertilizantes.
En tercer lugar, tenemos que invertir en innovación para promover buenas prácticas y nuevas tecnologías que aumenten la producción por kilogramo de abono utilizado.
En concreto, esto significa invertir en conocimientos para garantizar que aplicamos los tipos y cantidades de abono más adecuados para cada cultivo.
También debemos invertir en la salud del suelo para optimizar la eficacia de los fertilizantes. La agricultura de precisión es un ejemplo de las técnicas ya disponibles.
La fertirrigación es otro, que combina la fertilización y el riego mediante el uso de fertilizantes en cantidades medidas y determinadas por sensores.
Pero es posible y necesario ir mucho más lejos, ampliando las fronteras del conocimiento e invirtiendo en soluciones que minimicen el despilfarro y garanticen que sólo se aplica la cantidad adecuada de fertilizante en función de las necesidades de cada planta en una determinada fase de crecimiento.
Otra opción es complementar los fertilizantes convencionales con biofertilizantes y prácticas sostenibles. De este modo no sólo se superarán los actuales problemas de suministro, sino que también se reducirá el impacto de los fertilizantes en el clima, el suelo y los recursos hídricos.
Uno de los factores determinantes de la duración y gravedad de esta crisis alimentaria será nuestra capacidad para mantener el comercio mundial y los flujos de fertilizantes.
En un momento en que los agricultores han empezado a modificar su producción por las dificultades asociadas a los fertilizantes, los dirigentes políticos deben tomar rápidamente las decisiones adecuadas para que el mundo pueda poner fin a la actual crisis alimentaria.
