El caso de las especies


Es importante apelar a otro abordaje sobre el mismo asunto, para enfatizar la radicalidad de reconocer valores intrínsecos, y con ello a la Naturaleza como sujeto de derechos. Como se adelantaba arriba, muchas de las campañas actuales para proteger la Naturaleza se basan en demostrar la utilidad de algunos recursos o ecosistemas, su potencial económico, y en algunos casos, su valor estético. En este último caso, se utilizan especies insignias, como el oso andino o el cóndor de los Andes, o ecosistemas con paisajes de belleza singular. Las campañas de publicidad exhiben fotos impactantes que refuerzan esa belleza. Pero una vez más el acento está en las personas, ya que es la valoración estética de los humanos la que está en juego. ¿Pero qué sucede entonces con las especies que son “inútiles”, de las que no se conocen posibles utilidades económicas como productos farmacéuticos o por su germoplasma, sea en el presente o en el futuro? De la misma manera, ¿qué hacer con especies que son feas o desagradables, como pueden ser cucarachas endémicas de una serranía o gusanos planos de un arroyo? En el primer caso la justificación económica usual se queda sin sustento, y en el segundo no se puede esperar que las campañas publicitarias sean exitosas. Otro tanto se repite con los ecosistemas. Es más, algunos ecosistemas que poseen baja biodiversidad quedan fuera de las listas de prioridad de las medidas de conservación, y por lo tanto allí se llevan a cabo emprendimientos con intensos impactos ambientales. Esta situación es muy clara, por ejemplo, en ambientes áridos y semiáridos, ya que al carecer de especies llamativas o con clara utilidad económica, se imponen los proyectos extractivitos. Pero si se toman en serio los derechos de la Naturaleza, todas las especies deben ser protegidas, independientemente de si son hermosas, o si tienen utilidad real o potencial. Se debe asegurar la conservación incluso de especies que nos resulten feas y desagradables, o de otras que pueden ser completamente inútiles para los fines humanos.
Moral, valores y ecocentrismo
Las actuales posiciones sobre los valores propios resultan de varios ensayos, repetidas reflexiones y prácticas sociales diversas. Un breve repaso sobre esos esfuerzos ilustra sus contenidos y a la vez permite ofrecer ejemplos adicionales sobre los argumentos en defensa de los valores intrínsecos. En el ámbito de la reflexión propia de la ética ambiental han sido muy importantes diversos aportes. Una primera embestida contra las posturas del privilegio humano radica en aceptar que algunas especies poseen capacidades cognitivas cercanas o análogas a las de los humanos, y por lo tanto éstas también deberían ser sujetos de valor. Este es el caso de algunas perspectivas sobre los derechos de los animales, que son reconocidos para ciertos mamíferos como grandes primates o delfines, ya que exhiben altos niveles de inteligencia y muestran sensibilidad. Estos defienden el bienestar de otras especies en lo que podría llamarse una postura moral, pero no necesariamente rompen con el antropocentrismo. Esto hace que se defienda a los animales a partir de una benevolencia o caridad humana, pero no necesariamente porque se les reconozcan valores propios. Este es, además, un caso que muestra la importancia en distinguir entré una ética y moral en el campo ambiental.
En cambio, otros autores defienden valores intrínsecos en los animales, y a partir de esto derivan sus derechos. La visión antropocéntrica, recordemos, valora las especies animales por su utilidad concreta o potencial, de donde se reclamaría defender un cierto paraje si allí están presentes, pongamos por caso, especies de herbívoros que podrían ser criadas en cautiverio para provecho humano. En cambio, Regan señala las limitaciones de ese antropocentrismo, y defiende un valor inherente en cada animal, al nivel de cada individuo, sustentado en que éstos puedan alcanzar su bienestar. A su juicio, el imperativo moral de proteger esos individuos es lo que lleva a reconocer que tienen valores propios, y estos residen en sus atributos o propiedades naturales. El filósofo J. Baird Callicott avanzó en varios flancos, ya que no sólo defiende los valores intrínsecos, sino que lo hace desde una ética que podríamos llamar ampliada. Su sesgo holístico se nutre, en parte, de las cosmovisiones indígenas de América del Norte. Ese fue un paso importante en tanto rompía el cerco de éticas ambientales encerradas en los modos de entender el mundo propio de la cultura occidental. Callicott sostiene que los valores intrínsecos deben ubicarse en todas las especies (avanzando más allá que Regan o Taylor) y en los ecosistemas, y subraya los aportes de la ecología contemporánea para fundamentarlo. El punto de partida de Callicott es ecológico, y por esa razón ese tipo de posiciones han sido llamadas ecocéntricas. Al defender el concepto de comunidad biótica (la comunidad de los seres vivos), se acerca a los postulados de la “ética de la tierra» defendidos por Aldo Leopold (que se comentan más abajo).
Considerando estas distintas posturas se observa que aquellas que siguen abordajes ecosistémicos, como el ecocentrismo de Callicott, amplían los valores más allá de aquellos que son instrumentales, en particular hacia distintos aspectos ecológicos. Estos incluyen atributos tales como la presencia de especies amenazadas, altos niveles de endemismo, o estructuras únicas de los ecosistemas. Pero es una postura que igualmente sufre algunas tensiones, ya que por un lado reconoce valores propios en los ecosistemas, pero, por otro lado, esos valores son en parte dependientes o proyecciones de atributos otorgados por humanos (su origen radica en el trabajo de ecólogos y otros biólogos). Por lo tanto, siguen solapados, al menos en parte, con la perspectiva antropocéntrica una expansión de los juicios y subjetividad de los humanos sobre el entorno. Sin duda que es un avance mucho mayor que el clásico utilitarismo sobre la Naturaleza, pero siguen teniendo un fuerte peso las posturas y sensibilidades humanas.
