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Artificialización del suelo, economía o medio ambiente ¿es el dilema de las autoridades locales?

¿Desarrollar el atractivo de la región o cumplir el régimen de artificialización neta cero por el bien de los ecosistemas? Es un dilema que muchas autoridades locales se esfuerzan por resolver.

Algunos países desarrollados apuntan, en medio de una crisis climática sin precedentes,  incorporar el régimen de artificialización neta cero, cuyo objetivo es reducir la presión antropogénica sobre el territorio y los ecosistemas franceses. 

De aquí a 2030, las regiones apuntan a haber reducido la superficie artificial de su territorio en al menos un 50%, y en un 100% de aquí a 2050. Se trata de un proyecto ambicioso e importante para la naturaleza, pero cuya aplicación está poniendo a estos actores en un callejón sin salida.

Aunque ahora sabemos que la artificialización del suelo -en el sentido de transformación de terrenos naturales, agrícolas o forestales para destinarlos a una nueva función, como el comercio, las carreteras o la vivienda- es uno de los principales mecanismos que intervienen en la desaparición de la biodiversidad, los mandatos económicos de atracción priman a menudo sobre la protección de la Naturaleza. 

Ahora que algunas regiones siguen adoleciendo de falta de atractivo y están más expuestas a la pobreza, ¿cómo lograr conciliar economía y medio ambiente?

Huella humana

Si bien la reducción de la huella humana sobre el territorio es bien comprendida como una necesidad por las autoridades locales, éstas se encuentran sin embargo atrapadas entre los imperativos de desarrollo económico y atractivo, y los imperativos ecológicos y medioambientales, esenciales para la transición ecológica. 

El hombre tiene el deber de reducir su huella en el territorio, tanto en términos de contaminación como de artificialización y/o de desarrollo concreto.

Pero en el sistema actual, en el que se pide a las regiones y a las colectividades locales que desarrollen su atractivo, y en el que este atractivo se consigue mediante una fuerte industrialización o grandes construcciones, la «sobriedad del territorio» promovida por el régimen de artificialización neta cero se revela como un mandato un tanto contradictorio.

El concepto de uso sobrio del suelo

Gigafábricas de baterías eléctricas, nuevas empresas, industrias de energías renovables… todas ellas necesitan espacio y energía para producir, pero también infraestructuras para apoyar sus actividades. Además, las autoridades locales necesitan nuevas viviendas e infraestructuras públicas para responder a las necesidades demográficas…

Entonces, ¿cómo desarrollar eficazmente el atractivo de una región y responder al crecimiento demográfico, reduciendo al mismo tiempo en un 50% la cantidad de suelo natural urbanizado en menos de 10 años? ¿A quién hay que dar prioridad entre las industrias útiles para la transformación del medio ambiente, las industrias más rentables, el suelo agrícola, la vivienda y las infraestructuras públicas?

Artificialización neta cero: revitalizar los baldíos urbanos

El paisaje de Francia tal y como lo conocemos hoy, desde sus pequeños pueblos con carácter hasta las zonas industriales de la «Francia fea», término utilizado por Jérôme Barrier y Gérard-François Dumont para describir esta expansión desmesurada de las zonas urbanizadas, tiene su origen en los años sesenta. 

El gran desarrollo económico y las necesidades demográficas condujeron a un vasto proyecto de urbanización. Vías rápidas, bloques de pisos, infraestructuras públicas uniformes (escuelas, piscinas, administración, etc.) y grandes centros comerciales en las afueras de las ciudades contribuyeron a la pérdida de las costumbres urbanísticas locales, al tiempo que participaban activamente en la destrucción de los ecosistemas franceses.

El problema de muchas de las arquitecturas de cada región es que debe tener en cuenta los aspectos estéticos, culturales, medioambientales y económicos a la hora de construir un nuevo edificio. Todo ello sin dejar de cumplir las obligaciones establecidas para reducir la superficie edificada.

Una de las principales soluciones para las autoridades locales es restaurar antiguos terrenos baldíos que han sido abandonados por falta de recursos para limpiarlos o por falta de interés económico. 

En algunas regiones, el pasado industrial del departamento ofrece un recurso territorial especialmente importante. 

Pero la rehabilitación de solares abandonados no bastará por sí sola. Lo que se necesita es una transformación completa de la sociedad. Los agentes locales y las autoridades locales tienen que trabajar en la imaginación para garantizar la aceptación de nuevos modelos de sociedad y construir estilos de vida más coherentes con los imperativos medioambientales.

Repensar el urbanismo: un nuevo modelo de sociedad

Cuando hablamos de estos nuevos modelos urbanos, a menudo nos referimos al «territorio del cuarto de hora», ciudades en las que se puede llegar a todos los lugares importantes (tienda de comestibles, escuela, bar, médico, estación) en menos de un cuarto de hora a pie.

Pero esto implica replantearse toda la zona. En primer lugar, en lo que respecta a la vivienda, algunos tipos de vivienda, como las casas unifamiliares y los bloques de pisos, no son viables, ni por su huella en el terreno ni por alcanzar el ideal del cuarto de hora.

Por ejemplo, la construcción de grandes urbanizaciones y de viviendas baratas, torres y bloques de pisos, sobre todo para reubicar los barrios de chabolas y las viviendas precarias de la periferia de las grandes ciudades, no ha sido, contrariamente a lo que se cree, una política de conservación del suelo. 

De hecho, la densidad de población de las zonas con grandes urbanizaciones de torres y bares es un tercio inferior a la densidad de las viviendas colectivas en el centro de las ciudades, y más de cinco veces inferior a la densidad de las viviendas de tipo Haussmann, sobre la densidad de población por tipo de vivienda.

Densidad de población por tipo de vivienda

Por el contrario, es preferible revitalizar los centros urbanos renovando los edificios antiguos y construyendo viviendas de alta densidad. La pérdida de dinamismo de los centros urbanos es un duro golpe, tanto económico como medioambiental. 

Tanto más cuanto que las grandes zonas industriales y económicas construidas en la periferia de las ciudades requieren el desarrollo paralelo de importantes infraestructuras viarias, gasolineras, almacenes y aparcamientos… una vez más en detrimento de los centros urbanos.

Fuerte oposición a los grandes proyectos

Por lo tanto, una utilización sobria del suelo debe combinar los imperativos económicos con los imperativos medioambientales propios de cada región (superficie de terrenos abandonados, espacio disponible, infraestructuras existentes, evolución demográfica, etc.). 

El diálogo entre los representantes elegidos y los ciudadanos es, pues, esencial, pero sigue siendo complejo. Por un lado, los representantes electos se quejan de la obligación de estas directivas, que consideran poco adaptada a sus necesidades locales, mientras que, por otro, surgen numerosas luchas en oposición a estos grandes proyectos.

Para muchos militantes ecologistas, la sobriedad en la ordenación del territorio significa también cuestionar la pertinencia de los grandes proyectos de desarrollo económico ¿Son realmente necesarios para el desarrollo de la región? ¿No se trata de un proyecto ecocida que destruirá y desestabilizará un ecosistema?

Habrá que seguir reflexionando. Porque, lo cierto es que se requiere un enfoque equilibrado que concilie desarrollo y preservación ambiental. L

a artificialización del suelo no es solo un desafío técnico o económico, sino una cuestión ética y de visión a largo plazo. 

Las autoridades locales deberán priorizar soluciones basadas en la sostenibilidad, la innovación urbanística, y la participación ciudadana. 

Solo con un compromiso genuino por parte de todos los actores, se podrá alcanzar el objetivo de artificialización neta cero sin comprometer el desarrollo regional ni el bienestar de sus habitantes.

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