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Ecología: 10 cuestiones clave para la próxima década

Desafíos ambientales en la década de 2020.

En la década de 2010, la ecología estuvo en el centro de muchos debates. En la escena política, en las redes sociales y en los medios de comunicación, el tema de la ecología estaba en todas partes. Sin embargo, en términos de resultados, la última década se ha caracterizado por la falta de avances.

Las emisiones de CO2 han seguido aumentando, la destrucción de ecosistemas y especies vivas se ha acelerado y los recursos naturales siguen sobreexplotándose. 

A pesar de los grandes acuerdos internacionales (como el Acuerdo de París de la COP21), la década de 2010 se considera a veces «la década perdida» para la ecología.

Pero, ¿qué pasa con la década de 2020? Desde hace tiempo, 2030 se considera una fecha límite para el medio ambiente.

Es una fecha crucial en los informes del IPCC, en los escenarios del informe Meadows… 

También es una fecha clave en la ley de transición energética.

En resumen, en los próximos 10 años vamos a tener que aplicar grandes cambios en el campo de la ecología. ¿Cuáles serán estos cambios? ¿Qué sectores van a cambiar? ¿De qué tecnologías se trata? En resumen, ¿cuáles son los principales problemas a los que se enfrentará el mundo en los próximos 10 años? Averigüémoslo.

1 – ¿Cuáles son las tendencias demográficas y económicas del mundo?

Cuando se habla de ecología, las tendencias demográficas y económicas figuran sin duda entre las cuestiones más importantes. Y esto es relativamente lógico. Cuantas más personas haya en la Tierra (cuanto más dinámica sea la demografía), más recursos habrá que consumir para alimentar a la población y satisfacer sus necesidades. 

Del mismo modo, cuanto mayor es la tasa de crecimiento económico, más recursos y energía consume la población. En este contexto, es probable que las tendencias demográficas y económicas mundiales de los próximos 10 años desempeñen un papel más que decisivo en nuestra capacidad para regular nuestra huella ecológica.

En términos demográficos, existe un verdadero reto de «transición» para la década de 2020. En muchos países «en desarrollo», la transición demográfica ya ha comenzado, con una ralentización del crecimiento de la población a medida que el país se desarrolla. 

Pero aún queda mucho camino por recorrer en muchas partes del mundo: la mejora de las condiciones de vida, de la educación, del acceso a la sanidad, a la contracepción y a los servicios públicos conduce generalmente a un descenso de la natalidad y contribuye a reducir el crecimiento demográfico.

En términos económicos, también se planteará la cuestión del crecimiento. Incluso ahora, algunos creen que el decrecimiento es la única solución para reducir nuestra huella en los ecosistemas.

El problema es que el crecimiento económico también suele estar vinculado a la transición demográfica, a los avances en la transición energética o a la eficiencia energética y la productividad agrícola… y, por tanto, a la reducción de nuestra intensidad de carbono. 

¿Cómo será el crecimiento económico mundial? ¿Cómo se distribuirá (entre diferentes sectores, diferentes países, diferentes grupos de población)? ¿Se controlará? ¿Estará sujeto a objetivos de eficiencia energética y sobriedad? ¿Mejor dirigido y regulado?

Todas estas son preguntas que sin duda se plantearán en todo el mundo.

2 – ¿Cómo evolucionarán las tecnologías de almacenamiento de electricidad?

La ecología es ante todo una cuestión de energía. Lo que emite gases de efecto invernadero y contaminantes atmosféricos, y contribuye a la acidificación de los océanos, es la energía, y más concretamente los combustibles fósiles: carbón, gas natural, petróleo, etc. Para remediarlo, hace tiempo que se habla de hacer la transición hacia usos basados en la electricidad.

Es posible producir electricidad menos contaminante, siempre que se haga con energías bajas en carbono, como la nuclear o las renovables. Es poco probable que la energía nuclear (que sigue siendo objeto de mucho debate) crezca mucho en las próximas décadas (según las proyecciones del World Energy Outlook de la Agencia Internacional de la Energía).

Las energías renovables, en cambio, van a crecer en casi todas partes, gracias a unos costes de producción cada vez más bajos. El problema de las energías renovables, sin embargo, es que la mayoría de ellas son intermitentes (sobre todo la eólica y la solar): no producen a demanda. Por eso es necesario poder almacenarlas.

Sin embargo, hoy en día las tecnologías de almacenamiento (baterías, almacenamiento en presas, etc.) están poco desarrolladas, son caras y siguen siendo contaminantes.

Esto significa que en los próximos 10 años habrá que superar un verdadero reto en este ámbito: ¿cómo desarrollar baterías más eficaces, menos contaminantes, que utilicen menos materiales naturales y sean menos caras? ¿Cómo diseñar sistemas de almacenamiento adaptados a la realidad económica y energética?

Europa, que actualmente va a la zaga de las economías asiáticas en este campo, ha anunciado recientemente el lanzamiento de un consorcio industrial conjunto sobre este tema, con una importante financiación pública. 

¿Tendrá éxito este proyecto? ¿Qué tecnologías se desarrollarán? ¿Baterías de sodio? ¿Power-to-gas? ¿Baterías de litio-grafeno? Todas ellas son tecnologías que se están desarrollando actualmente y que podrían desempeñar un papel fundamental en la transición energética y ecológica del futuro.

3 – ¿Transformaremos nuestras prácticas de movilidad?

Junto a la energía, la otra cuestión fundamental vinculada a la ecología es el transporte (y con razón, porque consume energía). 

Por ejemplo en Francia, el transporte es la primera fuente de emisiones de CO2 (y la segunda a escala mundial). En general, es el transporte por carretera, y más concretamente los coches particulares, el que más contamina.

Así pues, en los próximos 10 años nos enfrentamos al reto de cambiar nuestra forma de desplazarnos a diario. 

¿Seguiremos utilizando el coche a diario para todos nuestros desplazamientos? ¿Cómo evolucionarán los medios de transporte alternativos, como la bicicleta y el transporte público? ¿Nos dirigiremos hacia coches más compactos, más pequeños y menos contaminantes (lo contrario de lo que hacemos hoy con los SUV)? ¿Llegará a su madurez el mercado de los vehículos eléctricos?

Todas estas cuestiones están en el centro de la transición ecológica. Y en este ámbito existe una responsabilidad global: la de los agentes locales para desarrollar redes de transporte más ecológicas y funcionales; la de los agentes económicos para diseñar modelos de vehículos más ecológicos; la de los consumidores y ciudadanos para elegir modos de desplazamiento más ecológicos, aunque no siempre sean los más cómodos o prácticos.

4 – ¿Y el hidrógeno?

Desde hace algunos años se habla mucho del hidrógeno como solución ecológica prometedora.

En la actualidad, sin embargo, los resultados de las tecnologías relacionadas con el hidrógeno son desiguales: los procesos de producción de hidrógeno requieren una enorme cantidad de energía, y la gran mayoría del hidrógeno comercializado, producido a partir del reformado del gas natural, es de hecho tan contaminante o más que los combustibles fósiles convencionales.

Sin embargo, las tecnologías basadas en el hidrógeno podrían ser prometedoras… bajo una serie de condiciones, destacadas en el informe sobre el futuro del hidrógeno publicado por la Agencia Internacional de la Energía. 

En primer lugar, el hidrógeno ya no debe producirse a partir de combustibles fósiles, sino de recursos «renovables»: materia orgánica (vía metanización), agua (vía electrólisis), fotosíntesis, etc. 

Por el momento, estos procesos son marginales y aún no están muy avanzados en términos de desarrollo industrial. 

También es necesario descarbonizar la energía invertida en la producción de hidrógeno. Esto podría lograrse en parte utilizando el excedente de energía renovable intermitente, que constituiría una forma de almacenamiento (power-to-gas). 

Pero, por el momento, producir hidrógeno a partir de energías renovables es demasiado caro para ser operativo. Y sobre todo, dadas las pérdidas de energía durante el proceso de producción de hidrógeno, la huella de carbono del hidrógeno no es extremadamente buena.

Por tanto, las tecnologías del hidrógeno pueden ser importantes para la transición ecológica y podrían tener aplicaciones en ámbitos en los que la electricidad es actualmente ineficaz: industria, transporte de larga distancia, etc. 

Pero esto requeriría una inversión significativa en investigación. Aunque llevamos casi 50 años hablando del hidrógeno como fuente de energía (sobre todo para los motores de hidrógeno), la década de 2020 podría ser por fin la del desarrollo de procesos viables… Pero no hay garantías.

5 – ¿Se desarrollará el sector del gas renovable?

Además del hidrógeno, el sector del gas también podría desempeñar un papel en la transición energética a través de lo que se conoce como gas renovable.

Hoy en día, utilizamos el «gas natural» para muchos fines: calefacción, transporte, etc. El problema es que este gas es un combustible fósil muy contaminante que emite grandes cantidades de CO2. 

La buena noticia es que es posible producir un gas con propiedades similares (metano, de hecho) sin utilizar combustibles fósiles. 

Es lo que se conoce como metanización. El principio consiste en «fermentar» compuestos orgánicos calentándolos ligeramente para que produzcan biogás, que se purifica para obtener biometano.

El biometano tiene la ventaja de ser «renovable» en el sentido de que se produce a partir de recursos que no se agotan (plantas, residuos orgánicos). Y aunque emite CO2 al quemarse (como el gas natural), su contribución al calentamiento global es menor, ya que forma parte de un ciclo del carbono en el que lo que se libera procede de un almacenamiento previo.

Algunos creen que el biometano podría ser una de las claves de una transición energética eficaz: es una energía «renovable», pero no intermitente, se puede almacenar y transportar como el gas natural convencional, tiene una alta densidad energética… Pero quedan muchas preguntas por responder sobre el desarrollo del sector.

En particular, está la cuestión de la cuantificación real de su impacto ecológico: contrariamente a lo que afirman a veces los profesionales del sector, el biometano no es «neutro» en términos de CO2 ni de su contribución al calentamiento global. 

Y según las técnicas de producción utilizadas (a partir de residuos o de cultivos dedicados, el mix energético de las instalaciones, el transporte de las materias primas, etc.), el impacto medioambiental puede variar enormemente. 

Para desarrollar un sector del biometano verdaderamente ecológico, serán necesarios importantes esfuerzos institucionales para regular y supervisar los usos y animar a los agentes a elegir los métodos adecuados. 

Sin embargo, según el informe publicado el pasado mes de diciembre por los agentes del sector, el sector del biometano en Europa es actualmente muy heterogéneo, y la inmensa mayoría del biogás ni siquiera se valoriza como biometano.

Si quieres conocer los otros cinco puntos, continúa en el siguiente artículo